LIMPIAR


Se decretó la cuarentena y yo empecé a limpiar. Limpiar, limpiar y limpiar. No entendía bien por qué necesitaba hacerlo. Nunca me gustó mucho, ni fui una fanática del hogar, pero la puja desde el interior era tan fuerte que no pude desoírla. Así que empecé.

Encontré más de 50 esmaltes de uñas secos. Una caja enorme llena de remedios vencidos. Encontré ropa que ya no me servía y ocupaba todos mis cajones. Encontré 4 frascos de shampoo con ¼ cada uno. Encontré muchos papeles, y leí cada uno. Había listas de cosas para hacer que nunca hice, cosas de las que me tenía que acordar y no sé si lo hice, cartas de amor no entregadas o, si lo había hecho, no sabía por qué las tenía en mi poder.

Tiré todo lo que no servía con el ímpetu y la vigorosidad de quien alardea de hacer con su tiempo cosas productivas. Guardé todo lo que sí servía con la certeza de entender su utilidad. Y ahí comenzó todo.

Al día siguiente me desperté con una angustia agobiante, insoportable. Pensé que era lógico sentirla estando todo el día encerrada y sola entre 4 paredes, y me tranquilicé. Luego pensé que suelo pasar largos veranos sola en mi casa, pero nunca había sentido algo así. Algo adentro mío se estaba desmoronando y solo quería quedarme quieta, en posición fetal, y dejarlo caer. Me recorría un vacío imposible de llenar, un dolor profundo cuyo origen aún desconocía.

Me puse a pensar en cada esmalte seco –cosas que solo una cuarentena puede lograr. Esos colores que llenaban mis uñas de brillo y luz estaban secos, apagados y confinados dentro de un frasco. ¿Cuánto habrán tardado en secarse? ¿Se habrán dado cuenta de que su brillo se estaba extinguiendo día a día? No pude evitar pensar en mis sueños, esos que te llenan de brillo y color con tan solo pasar por tu mente. ¿Cuántos de ellos había dejado secar sin darme cuenta? ¿Cuántos de ellos –opacos y resecos–, aún se negaban a morir dentro de mí?

Y qué decir de nuestras creencias. ¿Cuántas de ellas, aun vencidas, seguimos mantenido en nuestro kit de primeros auxilios? Los paradigmas se caen, las estructuras se derrumban, nuestros conocimientos del mundo quedan obsoletos en una nueva era que nos obliga a despertar. Pero ahí estamos, aplicando remedios (o esperando que funcionen) que sirvieron en otra época, pero están caducos y prescriptos en este mundo desconocido para esta nueva humanidad. 

¿Con qué ropas nos vestimos? ¿Detrás de qué trajes nos cubrimos? Nuestros ropajes nos quedan cortos, largos, anchos o apretados, y lo que antes abrigaba, ya no lo hace. Hay que aceptar el cambio, hay que soltar un poco el mando. Entender que, como lo hacen las serpientes, en la evolución hay que dejar atrás nuestra antigua piel, para poder renacer. 

¿Dónde ponemos nuestra energía? ¿Acaso no ponemos un cuartito en cada frasco para que todos queden vacíamente llenos? Cumplimos un poco en el trabajo, visitamos un poco a la familia, acariciamos un poco al gato. Un poco, un poco, un poco. Pero ningún frasco está lleno. Ninguno contiene toda nuestra energía. ¿Cuántos frascos están ocupando lugar? ¿Cuántos de ellos ya no nos sirven? ¿Para qué los guardamos? ¿Cuántos de ellos conservamos por las dudas de que otro falle? ¿Cuántos de ellos piden a gritos ser llenados a tope? ¡Cuánto shampoo mal distribuido hay en nuestras vidas a veces! ¿Se pusieron a pensar?

Vuelvo a mí y entiendo el vacío. Tiré y tiré, encubierto detrás de cada objeto, todo lo viejo que había en mí; me hice diálisis con una nueva sangre, y aquí estoy, convaleciente, pero recuperándome. Barrí los escombros de los muros que cayeron, levanté cada piedra de las cosas que murieron, y aquí estoy, convaleciente, pero sanándome. 

Ya respiro otro aire. Abro las ventanas de par en par y una brisa me vuela el flequillo recién cortado. Y tal vez esté un poco loca (eso siempre fue así), pero ya siento que hay mucho espacio para lo nuevo con lo que llenaré los estantes que ahora están vacíos. O tal vez algunos puedan permanecer vacíos, si aceptamos ese minimalismo necesario para respirar con más oxígeno en lo inhabitado –que poco tiene que ver con la ausencia, sino con lo habitado desde el interior. 

Estoy en duelo aún. Estoy parada estática, inmóvil, con una rosa roja en la mano frente a la tumba de todo lo que fue. Un niño nace y me recuerda que la vida continúa. Y si hay vida, hay que seguir, pero ahora sabré cómo.

𝓶𝓪ل𝓲𝓪



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